En la actualidad, J’ interactúa regularmente con sus vecinos; compra en la bodega de la esquina, habla del clima con quien vive a la derecha, de fútbol con los de la izquierda e, incluso, durante las fiestas de fin de año intercambia algunos abrazos. Sin embargo, él sabe bien que ya no forma parte de este ecosistema, que una barrera invisible, muy ancha, en forma de juicio, lo mantiene aislado.
La misma sociedad que lo vio nacer, la misma que le enseño lo bueno, lo malo y lo incierto, ahora lo juzga, imponiéndole una condena perpetua. A su vez, J’ desde su periferia, como mecanismo de defensa, crea un nuevo yo, mejor que el anterior; más fuerte, inteligente y ganador. Una imagen ficcional que no puede escapar a la realidad que son los otros.
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