Las minas de la Rinconada son explotadas las 24 horas por miles de trabajadores que llegan de distintas partes del país atraídos por la llamada fiebre del oro. Para muchos, la esperanza de hacer dinero rápido se esfuma al poco de llegar allí, ya que las condiciones de trabajo son extremas debido a la inclemencia del clima y al hacinamiento.
El “cachorreo” es el sistema por el cual los contratistas pagan a los mineros informales, quienes trabajan 30 días por uno “libre” en el que ellos pueden extraer tierra de las perforaciones en busca de oro, que se convierte en su sueldo. Esto último es una cuestión de suerte o lotería, ya que en ese día pueden encontrar o no el oro.
A escasos metros de la entrada a las minas están las “pallaqueras”, mujeres de todas las edades sentadas esperando la salida de los montículos de tierra que son extraídos y en donde ellas escarban rastrillo en mano en busca del metal precioso.
La Rinconada no cuenta con los servicios básicos, además, los desperdicios están regados por toda la ciudad, lo que aumenta el grado de contaminación. El mercurio que se utiliza para separar el oro de la tierra es arrojado a los riachuelos que llegan hasta el río Carabaya, afluente del río Ramis, que desemboca en el lago Titicaca.


















